
Se preocupaba mucho Degas de quedar ciego y escribía: “A veces siento un estremecimiento de horror” (1873), “Mis ojos están muy mal. El oculista… me ha dejado trabajar sólo un poco hasta que envíe mis cuadros. Lo hago con mucha dificultad y la mayor tristeza” (1874).
Lo único que los oftalmólogos de su tiempo pudieron hacer por él fue darle lentes que limitaran la luz que llegara a su ojo derecho, que estaba permanentemente dañado. Así a algunos de los que están en pecado mortal les parece más cómodo evitar la Luz del Señor, aunque les deprive de la verdadera libertad.

En 1912, a los 72 años, se le diagnostican las cataratas pero los oculistas aconsejan esperar a que se desarrollen completamente. Con los años la pérdida visual va impidiendo al pintor captar bien los matices, las notas de color quedan fuera de tono y los cuadros se hacen cada vez más oscuros, pero Monet continúa pintando y se adapta a su nueva situación trabajando con la luz tenue del crepúsculo para mantener cierto sentido del color.


El puente japones (con Afaquia, 1922)
Hacía más de cuarenta años que el artista catalán Antoni Tàpies no acudía al oculista para graduarse las gafas. Durante todo este tiempo ha estado trabajando con normalidad, pero al mejorar su visión ha quedado estupefacto con los cuadros que ha estado pintando en las últimas décadas. “Yo pensaba que hacía cosas bonitas, como muy difuminadas, lo típico para poner encima del sofá. Y ahora veo que llevo toda mi puta vida pintando rayotes y cosas mal hechas sin ningún sentido. ¿Por qué nadie me avisó?” dijo Tàpies, encolerizado, durante la rueda de prensa que convocó ayer por la tarde para anunciar que se retira del arte.
En la rueda de prensa explicó que, al recibir su nuevo par de gafas, se plantó delante de uno de sus cuadros más emblemáticos, “Oda a Catalunya 5″ (en la foto). Al verlo no lo reconoció: “Yo pensaba que ese cuadro era bonito porque parecía un campo de amapolas o una puesta de sol y lo que me encuentro son las huellas de sangre que ha dejado un zombi aporreando una ventana”.
Mientras confesaba lo que sintió al comprobar que había desperdiciado su vida pintando “sin ver tres en un burro”, el artista iba atacando a los que se dedicaron a encumbrar su obra y a gestionar la fundación que lleva su nombre. “¿A quién narices se le ocurrió poner todos esos alambres en lo alto del edificio de mi fundación? Yo pensaba que eran antenas de televisión. Y ya me extrañaba, porque no hay un sólo aparato de televisión en todo el edificio. Antes me daba igual porque no veía un pijo, pero ahora es otra cosa, quiero ver la tele y, si esos hierros no reciben la TDT, que los quiten”. Tàpies, ya sin atender a razones y sumido en una espiral de berrinches, anunció que sustituirá todos los cuadros de su fundación por pantallas de plasma.
El pintor acusa a sus representantes de haberle “comido la cabeza” durante años para que “siguiera pintando y haciendo el ridículo” y así, mientras él pensaba que sus cuadros eran manchas bonitas, se lucraban todos sus allegados. “He sido una marioneta todo este tiempo. Una marioneta ciega encadenada a un pincel y a lienzos enormes”, ha confesado con un hilo de voz al final de la rueda de prensa. Luego se ha puesto a llorar y se le han caído las gafas. Sus representantes se lo han llevado de allí antes de que pudiera encontrarlas.